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 En su fuente viva, el romanticismo desafía en primer lugar a la ley moral y divina. Esta es la razón por la que su imagen más original no es, primero, la del revolucionario, sino, lógicamente, la del Dandy. Lógicamente, pues esta obstinación en el satanismo no puede justificarse más que por la afirmación repetida sin cesar de la injusticia y, en cierta manera, por su consolidación. El dolor, en esta fase, sólo parece aceptable a condición de que no tenga remedio.
El hombre en rebeldía elige la metafísica de lo peor, que se expresa en la literatura de la condenación de la que no hemos salido aún. "Sentía mi fuerza y sentía los grilletes" (Petrus Borel). Pero a estos grilletes se los quiere. Sin ellos, habría que demostrar, o ejercer, la fuerza que a fin de cuentas no se está seguro de poseer. Para terminar, se hace uno funcionario en Argelia, y Prometeo, como el mismo Borel, quiere cerrar las tabernas y reformar las costumbres de los colonos.
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