Sur le Dandysme aujourd’hui. Do maniquín no escaparate á estrela mediática Centro Galego de Arte Contemporánea 15 xaneiro / 21 marzo 2010
El Antiguo Régimen ha caído a golpe de guillotina, la igualdad se establece como principio, la industrialización modifica usos y costumbres, además de imponer a una nueva clase social, las ciudades se iluminan por la noche y las avenidas se ensanchan para convertirse en escenarios de una nueva vida.
A mediados del siglo diecinueve la sociedad europea se abre paso hacia la modernidad enarbolando la idea de progreso como estandarte. Solo unos pocos, hasta cierto punto nostálgicos, algo decadentes y bastante melancólicos se resisten a su avance. El Dandy, figura heroica que resiste los envites de la modernidad con los nudos de su corbata y bibliotecas llenas con los mejores títulos de todas las épocas de todos los países, enfrenta a la homogeneidad la distinción; a la masa el yo más absoluto...
Es preciso de inmediato disipar un mito: el Dandy no siempre es homosexual. Wilde lo era, Montesquiou lo era, Proust, Cocteau, Jacob lo fueron. Sin embargo, la sofisticación del Dandy no es sinónimo exclusivo de una preferencia sexual fuera de lo común. Es cierto que al Dandy no le gusta describirse a sí mismo como la virilidad en persona, a sabiendas de que entre el hombre llamado "varonil" con la camiseta sucia que escupe en el suelo y silba a las señoras y él, se abre un profundo abismo de diferencia. El Dandy, en cierto sentido, es una mujer: ama los perfumes, las flores, el bien vestir, los buenos modales, la elegancia formal; tiene sentimientos, a menudo pinta o escribe poesía, escucha música melódica y prefiere la tranquilidad de un buen libro a un partido de fútbol.
Todo Dandy, unos más, otros menos; algunos, no todos, ha estado en algún momento de su vida comprometido políticamente. Baudelaire, en los hechos revolucionarios franceses de 1848 se inflamó por la causa y, empuñando un fusil, incitaba a los compañeros revolucionarios a fusilar al coronel Jacques Aupick, su odiado padrastro. Sin embargo, pronto se apagó la llama que ardía en el pecho del joven Dandy, y terminó abandonándose definitivamente al arte, dejando la política y la revolución, definiéndolas repetidamente como inútiles.
Existe un retrato de Charles Baudelaire realizado probablemente alrededor de 1844, cuando el poeta, a pesar de su juventud, abandonó su familia para disfrutar una vida de placer disoluto, costosa y sofisticada, insomne: la vida de un Dandy. Pocos saben, sin embargo, que la acuarela se realizó en unas condiciones muy especiales, puesto que el poeta había sido invitado por Charles Cousin a casa de un conocido para probar un estupefaciente oriental: el hachís. La acuarela fue ejecutada bajo la influencia de drogas y de inmediato donada a Cousin. Pronto el poeta cayó bajo la influencia del opio, y según él, "el opio dilata lo que no tiene límites, prolonga lo ilimitado, profundiza el tiempo, destripa el deleite, y llena el alma más allá de todos los límites de los placeres más negros y oscuros"; su largo ensayo sobre "Paraísos Artificiales" es un largo homenaje oculto a la sustancia cuyos efluvios tendrán, en el futuro. una gran parte de responsabilidad en la parálisis mortal del poeta.
La vida del Dandy, en cierto sentido, es una constante carrera contra la muerte. Es probable que la Negra Dama, con el largo manto negro, la capucha que le da un sabor vagamente monástico, la elegancia de sus movimientos y el refinamiento de su danza macabra, atrae no poco al Dandy - por su sencilla elegancia y ese cierto grado de misterio que desprende a su paso, el largo bastón de paseo de la Muerte - su guadaña afilada, que, a ojos del Dandy, resalta por su brillo, pero también por el despiadado filo de su ironía, que corta de forma ligera y profunda, en herida letal, a sus elegidos.
No obstante, a pesar de la fascinación estética de la muerte, o precisamente por esta razón, el Dandy no quiere hacer más que competir con ella, la mira, estudia su elegancia y su refinamiento y decide tenerla de su parte. Entonces, cada vez que la Dama de la Noche llegue a su casa, encontrará un Dandy sentado a una larga mesa en su jardín, entreteniendo a los comensales, o le sorprenderá en su salón, sentado en la poltrona, fumando y bebiendo licor en compañía de damas de dudosa reputación, o no encontrará a nadie en casa: estará fuera, en el sastre, probándose el último tejido azul oscuro llegado o comprando una suave corbata de seda o soñando frente a un escaparate en el que se exhibe una camisa de seda a medida.
"Incluso si Dios no existiera, la religión sería Santa y Divina", dijo Charles Baudelaire en su "Escritos íntimos", y de nuevo: "El sacerdote es inconmensurable, ya que da crédito a una gran cantidad de cosas extrañas". La relación de la religión con el Dandy es muy ambigua, y, para hablar de esto, debería viajarse al corazón del Dandy del siglo XIX, que se sumó a la vida evangélica como si nada. Tal vez porque, acostumbrado a la adoración de sí mismo, no necesitaba cambiar para adorar a una deidad. Una adoración no es demasiado diferente de la otra.
"Me uní a la iglesia, que es moderna, aunque tan fea por fuera como por dentro. Ah la belleza de la máquina! Cuánto perjudica a todas las cosas de nuestro tiempo. Una vez intenté recogerme y –me atrevo a decir- rezar en la paz de una central eléctrica, donde hay más orden y armonía que en una iglesia abarrotada con sillas y con grotescas imaginerías de San José, con rouge en los labios, la barba rizada, la sotana teatral, cuando al menos debería llevar los pantalones como todos los demás" (Pierre Drieu La Rochelle, "Diario de un Delicado").
El Dandy, que se encuentra a gusto tanto en el lujo como en la pobreza, desprecia inmensamente el dinero. A algunos puede parecerle una contradicción, pero, si lo analizan a fondo, encontrarán dos, y muy grandes. Empezamos por la consideración de que el Dandy no desprecia el dinero en sí mismo, sino el dinero como un fin. Para él, el dinero es sólo un medio, un puente para obtener algo mucho más precioso: la belleza. El Dandy no quiere el dinero para atesorarlo, como ocurre para muchas personas, sino para gastarlo. Advertimos que en esto, como en otras muchas materias hablando de dandismo, debemos eliminar el "sentido común" tradicional de la clase media, para abandonarnos al más feliz y animado "buen sentido" del Dandy; Éste desea el dinero exclusivamente para gastarlo sin por ello tener que recurrir a proezas difíciles para conseguirlo. No trabajará. O al menos tratará de no trabajar. Si tiene que hacerlo, entonces "sustraerá a la vista de los demás aquello que la retórica de la época hizo obsceno, para vaciarlo de todo contenido". ("Los últimos dandies" de G. Scaraffia).
Oscar Wilde se apasionó cada vez que se trataba de ponerle las peras al cuarto al Realismo, del que echaba pestes y lo convertía en eje de su discurso. Incidía una y otra vez en que "la Literatura debía evitar a toda costa la sustitución de un medio creativo como es el Arte, por un medio imitativo como es la Vida". He ahí, quizá, la gran divisa estética de Wilde: que sea la «Vida quien imite al Arte»; que sea «la Naturaleza la que vaya por detrás de la época». Imbuido de este fervor anti-realista Wilde carga también contra EEUU y su ídolo George Washington, a quienes acusa de querer comercializarlo todo y de tener un espíritu materialista, que les impide ver el lado poético de las cosas. Desde luego que cabría alguna matización (excepción) al respecto, pero sorprende que la crítica de Wilde, allá por 1889, no haya perdido un ápice de su vigencia respecto de estas curiosas criaturas contrarias al Tribunal Internacional, indulgentes con la pena de muerte y la tenencia de armas de fuego, afincados espiritualmente en la «Meca de los sueños» del cine comercial y tan propensos a romper y destruir cualquier país que ellos estimen «más civilizado».
Pese a lo hiperbólico del tono de Oscar Wilde en ocasiones, no es menos cierto que, si uno lo piensa bien y relee lo que dice, no puede por menos que sonreír y darle la razón cuando afirma de manera taxativa: «Un gran artista inventa un tipo, y la Vida trata de copiarlo, de reproducirlo en formato popular, como un editor industrioso». Bien pudiera ser que las políticas que siguen hoy día las multinacionales con tal de ampliar ese número sádico llamado cuota de mercado tuvieran que ver con esta aseveración de Wilde; si bien ambos nunca estarán de acuerdo en esta otra divisa del autor: «El objeto del Arte no es la verdad sencilla sino la belleza compleja». No resulta por tanto alocado decir que la Vida hace malas copias...
El Librepensador, el Dandy, el Bohemio y el Esteta (20, 22, 27 y 29 de enero 2009)
Cuatro escritores españoles se enfrentan, en este ciclo de conferencias a cuatro arquetipos, el librepensador, el Dandy, el bohemio y el esteta, que con una larga tradición literaria han estado presentes, básicamente durante los siglos XVIII y XIX y hasta bien entrado el siglo XX, en la vida social, cultural y por qué no, mundana europea.
En esta entrega, incluímos el archivo audio de la conferencia El Dandy, impartida por Félix de Azúa, el jueves 22 de enero de 2009. Fecha importante para El Dandy.net, puesto que se cumplieron doscientos veintiún años del nacimiento de George Gordon, Lord Byron.
Félix de Azúa nació en Barcelona. Licenciado y doctorado en Filosofía, profesor de Estética y colaborador habitual del diario El País, fue conocido gracias a su inclusión en la antología Nueve novísimos poetas españoles. Ha publicado los libros de poemas Cepo para nutria, El velo en el rostro de Agamenón, Lengua de cal y Farra. Su poesía está reunida, hasta 2007, en Última sangre. Ha publicado las novelas Historia de un idiota contada por él mismo, Diario de un hombre humillado (Premio Herralde), Demasiadas preguntas y Momentos decisivos. Su parcela ensayística es amplia y destacada: Baudelaire, Lecturas compulsivas, Diccionario de las Artes, La invención de Caín, Cortocircuitos: imágenes mudas y Esplendor y nada. Los libros recientes son Ovejas negras, La pasión domesticada y Abierto a todas horas. Escritor experto en todos los géneros, su obra se caracteriza por un notable sentido del humor y una profunda capacidad de análisis.
El Librepensador, el Dandy, el Bohemio y el Esteta (20, 22, 27 y 29 de enero 2009)
Cuatro escritores españoles se enfrentan, en este ciclo de conferencias a cuatro arquetipos, el librepensador, el Dandy, el bohemio y el esteta, que con una larga tradición literaria han estado presentes, básicamente durante los siglos XVIII y XIX y hasta bien entrado el siglo XX, en la vida social, cultural y por qué no, mundana europea.
En esta entrega, incluímos el archivo audio de la conferencia Estetas, impartida por José Carlos Llop, el jueves 29 de enero de 2009.
José Carlos Llop nació en Palma de Mallorca en 1956. Ha publicado casi una decena de libros de poemas, entre los que destacan La tumba etrusca (Premio Anthropos 1991), En el hangar vacío (1995), La oración de Mr. Hyde (2001), La dádiva (2005) y -en catalán- Quartet (2002). Su poesía reunida apareció en 2002 bajo el título Poesía 1974-2001. Posteriormente publicó La avenida de la luz (2007). Asimismo, Llop es autor de cinco volúmenes de Diarios; La estación inmóvil (1990), Champán y sapos (1994), Arsenal (1996) y El Japón en Los Ángeles (1999) y La escafandra (2006); dos libros de relatos: Pasaporte diplomático (1991) y La novela del siglo (Premio NH al mejor libro de cuentos editado en España en 1999); cinco novelas: El informe Stein (1995), La cámara de ámbar (1996), Háblame del tercer hombre (2001), El mensajero de Argel (2005) y París 1940 (2007); además de varias recopilaciones de artículos, traducciones de autores ingleses e introducciones a varias obras de Llorenç Villalonga.
El Librepensador, el Dandy, el Bohemio y el Esteta (20, 22, 27 y 29 de enero 2009)
Cuatro escritores españoles se enfrentan, en este ciclo de conferencias a cuatro arquetipos, el librepensador, el Dandy, el bohemio y el esteta, que con una larga tradición literaria han estado presentes, básicamente durante los siglos XVIII y XIX y hasta bien entrado el siglo XX, en la vida social, cultural y por qué no, mundana europea.
En esta entrega, incluímos el archivo audio de la conferencia El Librepensador, impartida por Fernando Savater, el martes 20 de enero de 2009.
Savater, filósofo, activista y escritor. Novelista y autor dramático, destaca en el campo del ensayo y el artículo periodístico. Premio Planeta 2008 con La hermandad de la buena suerte. Jubilado en octubre de 2008 de su cátedra de Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid. Colaborador habitual del periódico El País desde su fundación. Codirector de la revista Claves para la Razón Práctica. Ha formado parte de varias agrupaciones comprometidas con la paz y en contra del terrorismo en el País Vasco, como el Movimiento por la Paz y la No Violencia, el Foro de Ermua y, actualmente, ¡Basta Ya!, asociación que recibió del Parlamento Europeo el Premio Sájarov a la defensa de los derechos humanos. También pertenece al partido político Unión Progreso y Democracia.
El Librepensador, el Dandy, el Bohemio y el Esteta (20, 22, 27 y 29 de enero 2009)
Cuatro escritores españoles se enfrentan, en este ciclo de conferencias a cuatro arquetipos, el librepensador, el Dandy, el bohemio y el esteta, que con una larga tradición literaria han estado presentes, básicamente durante los siglos XVIII y XIX y hasta bien entrado el siglo XX, en la vida social, cultural y por qué no, mundana europea.
En esta entrega, incluímos el archivo audio de la conferencia Bohemios y Malditos, impartida por Luís Antonio de Villena, el martes 27 de enero de 2009. De Villena, poeta, narrador, ensayista, crítico literario y traductor, habitualmente clasificado en el grupo conocido como Novísimos o Venecianos dentro de las corrientes de la poesía española contemporánea.
Es licenciado en filología románica y estudió además lenguas clásicas y orientales.Su obra creativa en verso o prosa ha sido traducida a varias lenguas. Luis Antonio de Villena, recibió los premios Nacional de la Crítica en poesía (1981), el Azorín de novela (1995), el internacional Ciudad de Melilla de poesía (1997), el Sonrisa Vertical de narrativa erótica (1999) y el premio de poesía "Generación del 27" (2004). Acaba de ganar en octubre de 2007, el II Premio Internacional de Poesía El Viaje del Parnaso, por un libro titulado "La prosa del mundo". Es doctor honoris causa por la Universidad de Lille (Francia) y ha realizado traducciones de William Beckford (la Excursión a Batalha y Alcobaça), de los sonetos de Miguel Ángel, del poeta inglés exmarido de Sylvia Plath, Ted Hughes, del latino Catulo, de la poesía goliárdica medieval y de la parte de la Antología Palatina denominada "Musa de los muchachos" y compilada por Estratón de Sardes, que reúne poemas homoeróticos de varios autores. Ha escrito numerosos ensayos de crítica literaria y colabora habitualmente en la prensa con artículos de opinión; también ha sido antologista de poesía joven y homoerótica y ha realizado diversas ediciones críticas. Es, asimismo, un habitual conferenciante y contertulio en radio y televisión.
Su lírica y prosa, sensible al pasado cultural y a la contemporaneidad, su postura estética, cercana al movimiento dandy, se resume en un epicureísmo homoerótico que asume tradiciones culturalistas y decadentes; últimamente se percibe una cierta tendencia social en su obra, centrada cada vez más en el fracaso y la marginación.
No es infrecuente oír decir de alguien que fue snob y Dandy. Ambos términos han resultado, en algunos contextos y en ciertas épocas, casi sinónimos. O palabras, al menos, de fácil confusión. Sin embargo, dandismo y snobismo son actitudes tan diferentes que, prácticamente, se excluyen.
Lord Bolingbroke gustaba pasearse con una vendedora de naranjas del mercado muy poco agraciada. Su actitud era un desafío a la moral y a las normas de su clase social y aun de la burguesía. Además, el Dandy, paseándose con una mujer fea, se exhibe él, mientras sorprende e incita al escándalo. Esto jamás lo haría un snob.
El Dandy es siempre un aristócrata solitario. Un desclasado que busca separarse de los demás por la sorpresa y la distinción, que busca personalizarse, hacerse objeto atildado y perfecto de la atención de todas las miradas. Ser él, y sólo él, rey elevado. Busca segregarse. Por el contrario, el snob aspira a entrar en un círculo social determinado (las clases altas, generalmente) y, para ello, adopta las maneras del grupo, es capaz del uniforme y, si quiere llamar la atención, es sólo para que se note que ha llegado, que es uno como los demás en ese bello grupo selecto. Adula y exagera los modales sólo para parecerse más a los que le invitan. Lo que busca el snob es, pues, agregarse. Es decir, lo contrario que el Dandy.
Otra característica del Dandy –hemos dicho- es la insatisfacción, unida a la esterilidad. El Dandy funda su escuela de valores en lo que los demás juzgan inútil. Su camino es el mal, la negación. El Dandy no es un hombre con ideales; sus ideales están en sí mismo. Está, por tanto (porque su rebeldía y su vía del mal son insatisfacción), consagrando lo estéril. Cuanto hace el Dandy se acaba y se esfuma, a veces, en breve cuestión de instantes rapidísimos. De él (de sus actos) sólo queda el brillo, el destello de su luz. El Dandy es como la caída de un cometa que pasa. Su luz es hermosa, pero distante y fría. Su luz desaparece. Por todo esto, se ha podido decir que el dandismo eleva a los altares el triunfo de la nada. El Dandy más puro es aquel que menos hace. El que sólo es Dandy, y no poeta, como Byron, o como Baudelaire, o como Sheridan. El Dandy es insatisfecho y estéril, aunque tal esterilidad sea (en su rebeldía, en su pose) profundamente significativa y esté, además, adornada por un rutilar, tanto más bello cuanto que está destinado, no al fracaso, pero sí a la desaparición. El Dandy cultiva la tristeza. Nada afecta al Dandy, nada le alcanza, y en esa nada triunfa su fatuidad gentil, su esteticismo siempre personal, su miedo oculto, su brillo y su elegancia. Pero, si el Dandy –y ya hemos configurado las pinceladas de su personalidad- es esteta, impasible, maldito y nada le afecta o parece afectarle, ¿cuál es, entonces, el Eros del Dandy?
El Dandy no es (como a veces se ha podido pensar) el heredero de Don Juan. El Dandy no es, en absoluto, un seductor. Al menos no en el sentido erótico. Le interesa seducir, pero no seducir en el amor. Barbey cuenta el caso de Lauzun, un Dandy del XVII. Sedujo a la Grande Mademoiselle, prima hermana del Rey, pero, en su aritmética, escrupulosa y maravillosa manera de obrar, no contaba el amor. Sólo contaba el prestigio de sí mismo, su propio lujo, y la seducción era solamente eso, es decir, gratuita.
Nos cuenta Marcel Mauss que hubo antiguamente en Polinesia una sociedad de hombres y mujeres –los areoi- que vivían para una especialísima misión. Sin patria y sin hogar, los areoi recorrían el vasto mar, de isla en isla, llevando a los diversos pueblos la danza, la canción, la fiesta. La misión sagrada de los areoi (que en todas partes eran acogidos con cálido entusiasmo) era sólo el fasto, el lujo, la delicia, el placer. Para Marcel Mauss, su función –dentro de una sociedad primitiva- es la misma que, en la sociedad occidental, ha tenido –o tiene-, fundamentalmente, la aristocracia. Aportar a la sociedad el lujo y lo superfluo que –juzga el antropólogo- son indispensables. Yo diría que tal es (en una sociedad aburguesada, o burguesa, sin la vieja aristocracia, donde reina el respeto al dinero, a la productividad, a la eficiencia y al progreso) la función del Dandy. “La frivolidad”, dice Patrick Waldberg, “allí donde esa frivolidad es escándalo o inconveniencia”. Y hemos explicado ya lo que de oposición y rebeldía tiene tal actitud. Actitud que es al mismo tiempo –y como función de mito- sagrada, esto es, imborrable, irreemplazable, siempre necesaria.
El Dandy, se ha dicho, es un rey frívolo y desdichado. Todas sus características como personaje, como mito (el mito nace a menudo de una realidad) nos llevan a esas palabras –en su más amplia acepción-: rey desdichado y frívolo.
El Dandy es un ser volcado a la estética, que lleva a sus maneras, a las artes sutiles de su propia persona. Dice Jules Lemaître: “El Dandy es un artista a su manera”. Su vida es su obra de arte. Tal culto a la estética –manifestado en la moda, en la forma de actuar, en el brillo oropélico o conciso de las frases, en la manera exacta de mover la mano- tiene, sin embargo, una significación más amplia. El esteticismo es la máscara de su desafío. Es la forma que hace de la provocación, no un gesto airado, sino una armonía orgullosa. Es el estilo del conde d’Orsay, quien, sintiéndose morir, dice a los que le acompañan: “¡Por favor, tocad a Chopin!”, rememorando, tal vez, las venas atadas y el banquete final de Petronio arbiter, quien –como Tácito nos narra- fue otro Dandy.
El Dandy es un ser volcado a la estética, que hace de su vida un arte, arte que encubre o significa –en armonía- una actitud rebelde. Pero el Dandy es, además, egocéntrico, impasible e impertinente.
En un epígrafe de L’homme révolté, Albert Camus comenzó a definir la rebelión de los dandies como un episodio fundamental de la rebelión romántica. Camus se detiene, ante todo, en el plano metafísico. La rebeldía contra el bien (que no borra la injusticia ni el dolor) y la consiguiente aceptación del Mal –de lo que no es el bien, de lo que no acepta el orden común- no como esperanza, pero sí al menos como jubiloso grito vital, sin temor ya, y sin remordimientos.
El Dandy participa, en efecto, de esa rebeldía, pero su manera no es la misma de cualquier romántico. Vive para el instante –como el héroe romántico-, porque sólo la exaltación del momento, del goce del presente le hace vivir, pero su minuto difiere del minuto del que ama la acción y en la acción se salva. El Dandy se deja ver, su actuación roza lo pasivo, aunque vive –como el héroe- en y para el instante que pasa.
El Dandy se siente también en el bando del Mal –que, como hemos ya insinuado, es sólo el bando de la rebeldía contra la regla- el Dandy no posee la esperanza, sufre de spleen ante las tardes inacabables, el amor imposible o la desolación inexplicable; él también participa en el grito de la inocencia ultrajada, no en vano el Satán romántico –como nos recuerda Camus-, lejos del monstruo con rabo y cuernos de los infiernos medievales, es un “adolescente joven, triste y encantador” (Vigny); bello, “de una belleza que ignora la tierra” (Lermontov). Triste y encantador, joven y bello, estamos ante la imagen de un Fabricio del Dongo, lleno de spleen, y cercano, en muchos aspectos –en las maneras, en el suave y ajeno estar recostado-, al Dandy.
Durante siglos hubo tantas prendas de vestir como clases sociales. Cada condición social tenía sus prendas de vestir y no había ningún tipo de vergüenza en convertir un atuendo en una señal de pertenencia, ya que la brecha entre las clases era considerada como natural.
Así, por un lado, el vestir fue objeto de un código totalmente convencional, pero por el otro, este código se refería a un orden natural, o mejor aún, a un orden divino.
Cambiar de atuendo era cambiar el ser y la clase social del sujeto, ya que eran parte integrante de la misma cosa. Así vemos en las obras de Marx, por ejemplo, el juego del amor quedando atrapado en las mezclas de las identidades, en las permutaciones posibles del estatus social y en el intercambio de vestimentas.
El Dandy es fruto del romanticismo y se carga y afeita más en el periodo simbolista, que es –en muchas cosas- un romanticismo más heterodoxo, negro y extremado.
El dandismo hoy –fuera del histórico romántico o de entresiglos, pero con sus mismas consignas bélicas- sigue estando por ese lado: entre rockeros y jóvenes rebeldes, que se visten como una forma de manifestar su disgusto y disidencia. Desde el dirty chic y todas sus variantes subsiguientes hasta los modelos que salen con aire o maquillaje de drogadictos o vampiros o zombies… La extrema delgadez (no enferma) y adornada es Dandy –en chicos o en chicas- como lo es todo lo que muestre una necesaria rebeldía contra el hoy (contra el Poder de ahora) manifestándolo en la estética del traje y en la estética de la creación.
Lord Byron sigue teniendo herederos que se han mezclado con los de Rimbaud o Lautreamont y que han leído El Hombre Rebelde de Albert Camus…
La Elegancia como Símbolo de la Superioridad Aristocrática del Espíritu
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¿Dónde están los hombres desenvueltos y sofisticados, con ropa hecha a medida y una vida impregnada de cultura? Hablamos del Dandismo. Es la elegancia como símbolo de la superioridad aristocrática del espíritu. El placer de asombrar y la orgullosa satisfacción de asombrarse poco. Baudelaire, cuando era joven, ejerció de Dandy hasta que se le acabó la herencia. Y es que para practicar el Dandismo es mejor tener una fortuna propia: es lo que da el aplomo preciso. La felicidad te hará imperturbable, decía Epicuro. Aunque sólo el dinero no confiere las facultades necesarias, sin él uno tiende a ser más temperamental, menos estoico, a conmoverse más de la cuenta.
Dandismo es también impecable cortesía, el triunfo de la diferencia sobre la uniformidad de la masa. No afectación, por supuesto. Auténtica distinción. Un código de impertinentes con ingenio. ¿También coraza protectora? La adopción pública del “pathos de distancia” del que hablaba Nietzsche, permitía a Baudelaire paliar el horror que sentía a la comunicación con el otro, a revelar su inseguridad, a exponer su dolor. Revestía su soledad de distanciamiento prudente, enmascaraba su sed de afecto con perfecta frialdad.
El Dandismo representa un ideal de vida. Dos son los conceptos fundamentales en los que se basa toda filosofía del Dandismo: el artificio en el plano estético y la inutilidad en el plano moral. Artificio e inutilidad en el objeto; falsificación y actos gratuitos en el sujeto. El sujeto perfecto es el Dandy, un ser extravagante y distinguido. El objeto perfecto no puede ser otro que el Ideal, el objeto artificial e inútil por excelencia.
El Dandy no quiere cambiar el mundo. No busca la superación hacia el porvenir, hacia un nuevo orden de valores (el acto revolucionario es demasiado útil y embrutecedor); el Dandy, en realidad, se ocupa de mantener intactos los abusos que padece con los valores establecidos para poder rebelarse contra ellos, sin la esperanza real de destruirlos o superarlos, en un círculo vicioso estéril y gratuito: “el Dandismo es el último destello del heroísmo en las decadencias”.
Un Dandy es una persona que piensa y se preocupa de su apariencia y siempre viste de forma elegante. Es un término antiguo que se suele utilizar de forma ofensiva. Pero ¿qué es exactamente un Dandy? La inmensa y desinformada mayoría cree que un Dandy es una percha obsesionada con la última moda, el corte de una chaqueta o la vuelta del bajo de sus pantalones. Pero el Dandy no es simplemente un maniquí andante o un narcisista loco por su atuendo. Si se tiene la actitud, se puede ser un Dandy incluso vestido con harapos.
Desde Beau Brummell hasta Andy Warhol, el Dandy es alguien que ha hecho de sí mismo y de su vida una obra de arte. Un estilo rebelde, un ingenio cortante y un comportamiento depravado han sido siempre las coloridas cartas de presentación de un Dandy.
El primer Dandy fue, supongo, el hijo de un Macaroni que mató a su padre bajo los influjos del complejo de Edipo que, como todos los artistas, sufría. De cualquier forma, el Macaroni, o Buck como era comúnmente llamado en Inglaterra, con su monstruoso sombrero alado, su pelo aceitoso cayendo por sus mejillas como las orejas de un spaniel, su inefable chaleco y sus imposibles pantalones ajustados, desapareció, sin que nadie supiera dónde, poco después de que el Dandy diera un paso adelante dentro de sus pulidas botas y pantalones largos con un castor sobre su ensortijado pelo.
Quizás debido a nuestra educación proustiana o balzaquiana, hemos estado convencidos durante años que el dandismo, como lo conocemos por la literatura y la historia, ha desaparecido de nuestro mundo moderno. Cuanto más lo estudiamos, más creemos que las pretensiones del dandismo son reclamaciones de igualdad. No importa si estaba basado en errores históricos o era el fin de una tradición semántica de Mignons, Petits-Maîtres, Beaux, Lions, Macaronis, Incroyables, Muscadins, Bucks, Bloods y Dandies, el hecho es persuadir a los lectores provincianos de revistas de moda y a los consumidores conspicuos que ellos pueden entrar y pertenecer a la genealogía de Brummell.
A pesar de esto, algunos caballeros modernos han aplicado teorías estéticas a la vestimenta y al comportamiento. Inspirándose en Oscar Wilde o en los manuales de cortesía medievales, su apariencia y comportamiento es extraño para la gente común y significativa para una privilegiada minoría. Como sus ambiciosos predecesores, su ánimo era instaurar una preeminencia moral sobre la sociedad utilizando la elegancia, el ingenio y la cultura. A menudo procedían de la aristocracia decadente que había perdido sus riquezas (la actual familia real francesa de Orleáns, liderada por el Conde de París, lleva décadas arruinada), y sus castillos (excepto Charveny, que ha pertenecido a la misma familia desde hace siglos, la mayoría de los castillos franceses son monumentos nacionales o propiedad de extranjeros millonarios).
¡Qué deliciosos son los dibujos de Grego! Con esa loca perspectiva y crudeza en el color, tienen sin duda sentido del estilo y revelan, con una delicadeza no exenta de seguridad, más que ningún otro documento o registro, el espíritu de los días de Brummell. Grego me conduce, como hizo Virgilio con Dante, a través de los misterios del otro mundo. Me muestra esos caballeros de cuello duro, ensombrerados, enfundados en prietos chalecos, bebiendo borgoña en el Café de las Mil Columnas o montando a caballo a través del pueblo de Newmarket sobre sus gordas monturas, o jugando en el Crockford. El Cuarto Verde de Grego en la Opera House siempre me causa deleite. La manera formal en la que la Srta. Mercandotti se yergue sobre una pierna para el placer de Lord Fite y de Ball Hughes; la seria mirada dirigida por Lord Petersham a la linda y traviesa señorita que está arreglando su lápiz de labios bajo el candelabro; el desenfrenado decoro de la Sra. Hullin y la decorosamente distante depravación del Príncipe Esterhazy, conforman una escena encantadora. Pero, de toda la colección, el cuadro más iluminador es ciertamente el del Baile en Almack. En el fondo, dos pequeñas figuras bajo las cuales, al margen, están inscritas estas espléndidas palabras, Beau Brummell en animada conversación con la Duquesa de Rutland. La Duquesa es una niña vestida de rosa. Beau, con la cabeza vuelta, su barbilla alzada sobre el cuello, un pie adelantado, los dedos enguantados de una mano asiendo ligeramente su chaleco representa, de hecho, la esencia de una pose.
El Dandy De “El Pintor de la Vida Moderna”, 1863 Por Charles Baudelaire
El hombre con posibilidades, que, a pesar de lo que pueda ser, no tiene ocupación en la vida si no es pasear a lo largo de la autopista de la felicidad, el hombre criado en el lujo y habituado desde la juventud a ser obedecido por otros, el hombre, finalmente, que no tiene otra profesión más que la elegancia, está destinado a tener una expresión facial de un tipo muy especial en cualquier situación. El dandismo es una actitud social enfermiza; desde tiempos lejanos, desde César, Catilina, Alcibíades nos provee con ejemplos brillantes de ello; está muy extendido, pues ya Chateubriand encontró ejemplos de ello en los bosques y riberas de lagos del Nuevo Mundo. El Dandismo, que es una institución fuera de la ley, tiene un código riguroso de leyes al que todos sus acólitos se someten, con independencia de lo ardiente o independiente de sus caracteres.
El dandismo es tan difícil de describir como de definir.
Podría malgastar horas y horas, páginas y páginas, esfuerzo sobre esfuerzo, intentando ilustrar al mundo acerca de esa cualidad innata de la elegancia que parece no esforzarse o sobre el ingenio chispeante, o sobre cualquiera otra de las calidades y cualidades que, como puntas de lanza de este arte reservado a unos pocos, hieren la pacatería y sensibilidad de tantos y tantos, pero parece que a pesar de todos los esfuerzos que pueda hacer, lo que queda en el brutal vulgo que nos rodea es que el dandismo no es más que apariencia, que se caracteriza por el indescriptible efecto que causa la apariencia externa del Dandy en el espectador.
El allure francés, la sprezzatura italiana, el it inglés o el aquello español, con el que se nace o no. La magia del dandismo reside en la relación estrecha entre el temperamento del Dandy y su apariencia. No es una cuestión de simple armonía, puesto que un Dandy puede combinar ropas serias con una conducta graciosa, mientras que otro sabe encajar una fría indiferencia con un atuendo colorido y audaz.
No obstante, me propongo describir lo indescriptible, revelar la piedra filosofal que transmute el plomo vulgar en el oro del dandismo. Para ello, tengamos en cuenta que el término dandismo es utilizado frecuente y equivocadamente como afectación.
En su fuente viva, el romanticismo desafía en primer lugar a la ley moral y divina. Esta es la razón por la que su imagen más original no es, primero, la del revolucionario, sino, lógicamente, la del Dandy. Lógicamente, pues esta obstinación en el satanismo no puede justificarse más que por la afirmación repetida sin cesar de la injusticia y, en cierta manera, por su consolidación. El dolor, en esta fase, sólo parece aceptable a condición de que no tenga remedio.
El hombre en rebeldía elige la metafísica de lo peor, que se expresa en la literatura de la condenación de la que no hemos salido aún. "Sentía mi fuerza y sentía los grilletes" (Petrus Borel). Pero a estos grilletes se los quiere. Sin ellos, habría que demostrar, o ejercer, la fuerza que a fin de cuentas no se está seguro de poseer. Para terminar, se hace uno funcionario en Argelia, y Prometeo, como el mismo Borel, quiere cerrar las tabernas y reformar las costumbres de los colonos.