el dandy

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Libertinaje
Retrato de un Libertino
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No es la literatura de aquella época una literatura particularmente “retratista”. A la pintura del retrato, todavía abundante aunque en gran parte de encargo, se opone una novela nueva, más corta que los novelones barrocos del siglo anterior, más realista que las grandes tragedias de Corneille o de Racine, más adaptada a la lectura íntima y en silencio, toda una novedad, que las comedias de Molière, menos clásica, nada amiga de retratos, figura retórica clásica por excelencia. Sterne, el autor inglés de Vida y Opiniones de Tristam Shandy, Caballero, esa novela que tanto inspiró al Diderot de Jacques el fatalista, lo soluciona porponiendo al lector que escriba él en su lugar el retrato de “la mujer más bella del mundo”, porque nunca podrá él describir una a gusto de todos los lectores.

Pero en las innumerables novelas libertinas que acompañaron a los muchos libertinos de aquel tiempo encontramos casi siempre una descripción más o menos detallada del personaje, héroe o anti-héroe, de cuyas peripecias vamos a ser testigos. La razón podría ser la de cierto clasicismo conservador de la novela libertina debido a su origen esencialmente aristocrático. Sin embargo, no es así: la novela libertina contribuyó, y mucho, a la evolución del género, y si no, no hay más que leerse cualquiera de las de Crébillon. Novela codificada, la filosofía del libertino, sus principios de comportamiento, son también principios de escritura.

Libertino no puede serlo cualquiera. Ha de reunir ciertos requisitos. Si el héroe fracasa en su intento de seducción, que no sea por no ser un libertino de verdad. Y eso ha de quedar claro, así que hay que decir que ese personaje es un auténtico libertino.

 
Del Hombre Honesto al Hombre de Buen Tono
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El libertino del siglo XVIII es heredero de los “Gasendos” (los Inquisidores españoles también hacían la conexión entre unos y otros, cuando condenaban las novelas libertinas francesas del siglo XVIII por estar escritas por “seguidores de Gasendos”), pero también de los “hombres honestos” de la Corte de Luís XIV. Mucho más sensuales que aquéllos, son igual de refinados. Más refinados todavía, pues el aumento de los espacios y momentos de privacidad (el paso de lo público a lo privado se llevará a cabo en el siglo XVIII; recordemos que Luis XIV todavía recibe en su “silla retrete” a los embajadores extranjeros, mientras que María Antonieta, mujer de Luis XVI, dará a luz en privado y no ante toda la Corte como era la costumbre hasta entonces. De ahí, probablemente, que el siglo XVIII sea el siglo “voyeur” por excelencia) en la vida cotidiana conlleva un sentido, nuevo, del confort y un progreso en la distinción de las costumbres.

A partir del Cortesano de Castiglione se desarrollan distintas teorías del “hombre honesto” o “prudente” que cuajarán, en el siglo XVII, en los grandes tratados de Gracián en España y de Faret y Méré en Francia. Faret en 1630 y Gracián en 1647 teorizan la honestidad como un arte hecho de autocontrol (“unos minutos pueden avergonzar toda la vida”, dice Gracián, preconizando “el autocontrol de los impulsos”), de prudencia verbal, de complacencia y de elegancia en el vestir. Hay que saber gustar a las mujeres y, en general, cultivar todas las virtudes que dan una imagen agradable de uno mismo a los demás.

 
Un Libertinaje Hedonista y Razonable
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La segunda acepción del diccionario de la Real Academia nos recuerda la evolución histórica de la palabra “libertinaje”. Esa “falta de respeto a la religión” rememora, con una profunda carga moral, la acepción que le dio Calvino al utilizarla para nombrar a unos fanáticos anticlericales. El concepto circuló por Europa, pues lo encontramos en 1528 en los Países Bajos utilizado para denominar a una secta protestante cuya doctrina se basaba en un panteísmo primitivo. Aquellos libertinos veían el espíritu divino en todas las cosas, así que todas las cosas eran buenas y había que gozar de ellas. El pensamiento de esta secta se extendió también por el norte de Francia, donde el término “libertinaje” se va convirtiendo poco a poco en sinónimo de irreligiosidad y de anticlericalismo, y toda persona “sin respeto a la religión” es acusada de “libertina”.

Pero también conlleva cierta “relajación de costumbres”. Esta idea puede venir del “liberto” latino, de ese esclavo que ha alcanzado la condición de libertad, como nos recordaba Covarrubias, pero que guarda sus costumbres “infames” propias de un esclavo, aunque también de esa secta holandesa de talante epicureísta. Probablemente de ambas cosas.

Más tarde, en la Francia del siglo XVII, aparece un círculo de libertinos eruditos, que se autodenominan así, y que se caracterizan por su escepticismo, por la búsqueda de una moral laica y por su materialismo incipiente. De Théophile de Viau a Fontenelle, pasando por Saint-Evremond y por Cyrano de Bergerac (era un libertino del XVII, autor de una divertida e iconoclasta novelita, anunciadora de Julio Verne, Historia cómica de los Estados e Imperios de la Luna y el Sol), un grupito de libertinos del Gran Siglo se atrevieron a desafiar a un poder que preconizaba la práctica del estoicismo cristiano. Algunos de ellos, discípulos de Epicuro (no sólo los libertinos del s. XVII se proclaman descendientes de Epicuro, también lo harán los del s. XVIII, más con sus actos que con proclamas) y de Gassendi, blasfemadores ocasionales, “desenfrenados en las palabras”, aficionados a la buena mesa, se consagrarían al estudio del origen de las religiones (Bataille haría lo mismo para llegar a su concepto personal de erotismo).

 
¿Libertad o Libertinaje?
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El discurso ultraconservador siempre ha defendido que la práctica de la libertad conduce al libertinaje. Pero ¿qué es exactamente el libertinaje?, ¿Quiénes son los libertinos?, ¿en qué consiste la práctica de ese libertinaje que reivindican? Ya hemos visto que no podemos contar con los diccionarios españoles de la época para conocer la idea que se hacían de todo ello nuestros antepasados. Poco sabía de libertinaje la España de principios de siglo, aún no curada de una dura guerra de Secesión. ¿Qué entendemos hoy por libertinaje? ¿Existen hoy personas libertinas? ¿Podríamos reconocerlas por la calle? Según la Real Academia, el libertinaje consistiría en el “desenfreno en las obras o en las palabras” o (segunda acepción) en la “falta de respeto a la religión”. Quizás sea la palabra “desenfreno”, de toda la interesante definición de la Academia, la que más asociemos hoy, intuitivamente, a la de "libertinaje". Débauche podría traducirse por "desenfreno", y débauche es la palabra que utiliza Diderot (autor casi seguro de la voz Libertinage de la Encyclopédie, firmada M.D.). No andamos tan equivocados.

La equivocación reside no en los conceptos sino en su valoración moral. En el siglo XVIII, “el hábito de ceder al instinto que nos inclina a los placeres de los sentidos sin respetar las costumbres”, que “se sitúa entre la voluptuosidad y el desenfreno”, era perdonable, según Diderot, cuando el libertino lo cultivaba “con filosofía, buen gusto e ingenio”, puesto que ser libertino no excluía “ni talentos ni un bello carácter”. Hoy, todo desenfreno está proscrito no sólo socialmente sino también por toda una intelligentsia bienpensante que ve la armonía, el equilibrio, en el justo medio, en la mediocridad. Para Diderot, el único libertino condenable se aquél que “busca saciarse por necesidad y no por placer”. Completamente de acuerdo. Aunque queden los libertinos de Sade como ejemplo supremo de la necesidad del placer y sus imperativos. Finalmente, Diderot precisa, y este es quizás el sentido de la palabra que, desgraciadamente, más se nos escapa hoy: “La mesa, como el amor, tiene su libertinaje” (nada extraño si recordamos a Denis proponiendo el culto a “maese Gáster” en su Sobrino de Rameau, obra donde más que en ninguna otra Diderot subraya la dependencia del “genio” con respecto a las necesidades corporales.

 
Introducción a la Seducción y al Libertinaje
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Seducción, libertinaje…; términos que se han ido banalizando en una época en que se aprecian las superficies que imprimen rapidez, la frivolización de conceptos que, si se tomaran íntegramente, comprometerían demasiado. Las fórmulas hechas, las expresiones publicitarias han venido a sustituir las connotaciones ideológicas –religiosas también, consiguientemente- que adornaban ambos conceptos, y así, en el espacio de pocos años, han perdido sus perfiles infernales para adoptar el burbujeo de las bebidas de moda. Sin melancolía, pero ¡qué pena!

Libertino”, en la acepción “desenfrenado en lo moral” se tomó del francés en el siglo XIX. Corominas es tajante: En el siglo XVIII en España, “libertino” quería decir lo mismo que trescientos años antes, es decir, “hijo de liberto, esclavo a quien se ha dado la libertad” (Tesoro de la Lengua castellana o española de Covarrubias, s. XVII), acepción que sigue coexisistiendo en el Diccionario de la Real Academia Española hoy, al lado de su otro significado: “Aplícase a la persona entregada al libertinaje”.

Por ser éste, probablemente, más un país de libertades que de libertinajes, el petimetre, primo del petit-maître francés del siglo XVIII, vio silenciada su existencia en la España ilustrada; sin embargo, la literatura popular española, las comedias, los sainetes de Ramón de la Cruz, las piezas burlescas insertas en las publicaciones periódicas, nos hablan de ese personaje, que reviste forma de usía en su versión más afrancesada, o de currutaco

 
Epicuro y el Placer
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caballerobullet Epicuro de Samos (341-270 AC) es aclamado universalmente como el filósofo del hedonismo, pero su visión real sobre el tema del placer no es comúnmente comprendida. Muchos historiadores medievales lo representan como un glotón licencioso, mientras que muchos de los modernos lo describen como un predicador de “placeres con moderación”, o incluso como un asceta. Ninguna de estas representaciones es correcta. Sin embargo, la doctrina que él enseñó hace largo tiempo en su jardín de Atenas es igualmente inspiradora y convincente aún en nuestros días y, por tanto, digna de nuestra investigación.

Epicuro abogaba por una vida de continuo placer como clave para la felicidad, lo que constituía el objetivo de sus enseñanzas morales. Su gran perspicacia para satisfacer este fin consistía en identificar el límite de nuestra habilidad para experimentar el placer en cualquier momento. El estipuló que a partir de un determinado nivel máximo no es posible que el placer tenga un incremento de intensidad, aunque es probable que las sensaciones que sostienen este pináculo del placer varíen contínuamente. El denominó a esta experiencia punta como ataraxia –palabra griega que significa “impertubabilidad”.

 
¿Sois Libertinos?
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¿Sois jóvenes y atractivos, algo insolentes, algo extravagantes, lo justo para que vuestra presencia resulte más brillante?
¿Sois algo filósofos, epicúreos, hedonistas, irreverentes en materia de religión y política, aunque nunca nada teóricos?
¿Os gusta la comida, la bebida, placeres que practicáis con refinamiento y sin abusos?
¿Sois elegantes?
¿Sois galantes con las mujeres, sabéis estar, estáis al corriente de todas las novedades de interés -nunca de los cotilleos- y sabéis usar de cierta gracia al contarlas?
¿Nunca habláis de vosotros mismos, sino que intentáis resultar agradables poniendo en valor al interlocutor y dejándole hablar?
¿Sois buenos comediantes, tan buenos que nadie más lo sospecha?
¿Os encanta la vida en sociedad pero apreciáis los encuentros a dos para abrir vuestro corazón?
¿Gustáis a las mujeres?

Sois libertinos

 

 


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