el dandy

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Introducción a la Seducción y al Libertinaje
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Seducción, libertinaje…; términos que se han ido banalizando en una época en que se aprecian las superficies que imprimen rapidez, la frivolización de conceptos que, si se tomaran íntegramente, comprometerían demasiado. Las fórmulas hechas, las expresiones publicitarias han venido a sustituir las connotaciones ideológicas –religiosas también, consiguientemente- que adornaban ambos conceptos, y así, en el espacio de pocos años, han perdido sus perfiles infernales para adoptar el burbujeo de las bebidas de moda. Sin melancolía, pero ¡qué pena!

Libertino”, en la acepción “desenfrenado en lo moral” se tomó del francés en el siglo XIX. Corominas es tajante: En el siglo XVIII en España, “libertino” quería decir lo mismo que trescientos años antes, es decir, “hijo de liberto, esclavo a quien se ha dado la libertad” (Tesoro de la Lengua castellana o española de Covarrubias, s. XVII), acepción que sigue coexisistiendo en el Diccionario de la Real Academia Española hoy, al lado de su otro significado: “Aplícase a la persona entregada al libertinaje”.

Por ser éste, probablemente, más un país de libertades que de libertinajes, el petimetre, primo del petit-maître francés del siglo XVIII, vio silenciada su existencia en la España ilustrada; sin embargo, la literatura popular española, las comedias, los sainetes de Ramón de la Cruz, las piezas burlescas insertas en las publicaciones periódicas, nos hablan de ese personaje, que reviste forma de usía en su versión más afrancesada, o de currutaco

(“afectado en los movimientos o en el vestir”, vocablo aparecido a finales del siglo XVIII, y cuyo orígen etimológico podría ser la mezcla de “curro” –en andaluz, en castizo, “majo”- del andaluz Francisco, Pacorro, Curro- y “retaco”, como traducción literal y probablemente construida del vocablo afrancesado “petimetre” petit=retaco; maître=curro- en su versión más castiza. Sabemos, efectivamente, que el petimetre español entra en la lengua ya en 1737, como aquél “que se preocupa mucho de su compostura y de seguir las modas”. Aprendiz de libertino, imitador de vizcondes franceses, amante de pasar las horas en la tualeta, más dedicado al cortejo que a las lecturas, no será el petimetre español el objeto de este estudio, sino su punto de partida, y el de llegada.

Esos petimetres leían poco, efectivamente. Nunca ha sido la lectura un pasatiempo español: el sedentarismo al que obliga, el aislamiento, el espacio cerrado como condiciones para su práctica, contradicen nuestra concepción del placer y de la sensualidad (si exceptuamos la siesta, y la mejor ha sido siempre la siesta en compañía a la sombra de un árbol). Leían poco porque la Inquisición no les dejaba hacerlo, porque sólo permitía la lectura de libros de devoción, lectura tan edificante como aburrida para esos jóvenes ricos y desocupados. Leían poco porque la instrucción era aún muy deficiente en una España donde, a pesar de los esfuerzos de algunos ilustrados, las “bachilleras” se podían contar con los dedos de las manos. Pero algo leían. Unos pocos lo hacían por costumbre, a raíz de su estancia “educativa” en París. Otros lo hacían para hacer creer que conocían París y las costumbres del país vecino, aunque no hubieran estado nunca allí. Todos para enterarse de cómo cortejar a una joven, o a una menos joven, todas para saber cómo dejarse cortejar por el joven elegido, y sobre todo cómo, previo y más difícil, llegar a ser objeto de deseo. Todos leían las Amistades Peligrosas, novela prohibida en el Índice del Santo Oficio de 1790, a pesar de ser de “autor desconocido” (aparece la firma M.D.L., así que Monsieur de Laclos no parece ser conocido de los censores españoles de finales del XVIII), puesto que, nos dice el calificador, “los principales personajes de esta escena son una mujer, joven y viuda, la más grande puta del mundo y que se llama marquesa de Merteuil, y un soltero que se llama el conde de Valmont, cuyas felicidad y gloria consisten en ganar a todos los parisinos en libertinaje”. Y sabemos que en España sólo se prohibían las novelas que se leían, que entraban en el país porque había una demanda del público. Pero antes que Las Amistades Peligrosas habían entrado ya en España otras novelas libertinas francesas; se susurraban los nombres de los autores a modo de garantía de un libro nuevo que acababa de llegar del norte. Crébillon, censor y sin embargo gran autor libertino de la primera mitad del siglo, era sobradamente conocido de este lado de los Pirineos por sus Extravíos del Corazón y del Espíritu, su Tanzaï y Néardané, su Azar junto al fuego o su Sofá, que contribuyó a poner de moda este mullido mueble en medio de la austera decoración castellana: todas ellas novelas que ocupaban lugares “preferentes” en las listas de libros prohibidos. Pero también sus imitadores, como el desvergonzado abate Voisenon, sus continuadores, Bastide, o Vivant Denon.

Toda una producción libertina francesa que alegró las hora de ocio, y eran muchas, de aquellos jóvenes aristócratas del Antiguo Régimen, franceses o españoles, ingleses, prusianos o rusos; una literatura que reflejó una situación de exclusión social progresiva de toda una clase, la nobleza, que ya no tenía ninguna función que cumplir en la sociedad, y para la que sólo la práctica de la sensualidad, la consagración a los placeres más refinados daba aún un sentido a su vida social.

 
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