el dandy

  • Aumentar fuente
  • Fuente predeterminada
  • Disminuir fuente
¿Libertad o Libertinaje?
Visitas 2451

El discurso ultraconservador siempre ha defendido que la práctica de la libertad conduce al libertinaje. Pero ¿qué es exactamente el libertinaje?, ¿Quiénes son los libertinos?, ¿en qué consiste la práctica de ese libertinaje que reivindican? Ya hemos visto que no podemos contar con los diccionarios españoles de la época para conocer la idea que se hacían de todo ello nuestros antepasados. Poco sabía de libertinaje la España de principios de siglo, aún no curada de una dura guerra de Secesión. ¿Qué entendemos hoy por libertinaje? ¿Existen hoy personas libertinas? ¿Podríamos reconocerlas por la calle? Según la Real Academia, el libertinaje consistiría en el “desenfreno en las obras o en las palabras” o (segunda acepción) en la “falta de respeto a la religión”. Quizás sea la palabra “desenfreno”, de toda la interesante definición de la Academia, la que más asociemos hoy, intuitivamente, a la de "libertinaje". Débauche podría traducirse por "desenfreno", y débauche es la palabra que utiliza Diderot (autor casi seguro de la voz Libertinage de la Encyclopédie, firmada M.D.). No andamos tan equivocados.

La equivocación reside no en los conceptos sino en su valoración moral. En el siglo XVIII, “el hábito de ceder al instinto que nos inclina a los placeres de los sentidos sin respetar las costumbres”, que “se sitúa entre la voluptuosidad y el desenfreno”, era perdonable, según Diderot, cuando el libertino lo cultivaba “con filosofía, buen gusto e ingenio”, puesto que ser libertino no excluía “ni talentos ni un bello carácter”. Hoy, todo desenfreno está proscrito no sólo socialmente sino también por toda una intelligentsia bienpensante que ve la armonía, el equilibrio, en el justo medio, en la mediocridad. Para Diderot, el único libertino condenable se aquél que “busca saciarse por necesidad y no por placer”. Completamente de acuerdo. Aunque queden los libertinos de Sade como ejemplo supremo de la necesidad del placer y sus imperativos. Finalmente, Diderot precisa, y este es quizás el sentido de la palabra que, desgraciadamente, más se nos escapa hoy: “La mesa, como el amor, tiene su libertinaje” (nada extraño si recordamos a Denis proponiendo el culto a “maese Gáster” en su Sobrino de Rameau, obra donde más que en ninguna otra Diderot subraya la dependencia del “genio” con respecto a las necesidades corporales.

En suma, la inclinación a dar placer a nuestros sentidos es instintiva, natural, ha de ejercerse con filosofía, razonablemente, con el gusto propio de un hombre de “buen tono” y con ingenio, con galantería.

Somos seres sensibles, sensuales. “Si en el hombre germinan ideas, deseos, costumbres y talentos de todo tipo es porque el hombre es sensible al placer y al dolor”, dirá Condillac (Traité des sensations, París, 1754), como ya lo dijo en su día Epicuro. Si el hombre se diferencia del animal no es por su intelecto, derivado de un desarrollo de sus sentidos, sino por poseer seis sentidos en lugar de cinco.

Julio César Escalígero (1484-1558), médico y humanista italiano, llegó a la conclusión, en su reflexión en torno a la venerea voluptas, que esa forma de placer encontraba su catalizador en un misterioso sexto sentido, amalgama indefinible, fusión entre el tacto y el gusto. El gran naturalista francés Buffon retomará la idea, pero no por casualidad la desarrollará Brillat-Savarin, el apóstol del sentido del gusto, y pasado ya el “siglo del placer”. Brillat se sorprende de que ese sexto sentido, el genésico, haya pasado tan desapercibido a los estudiosos de la naturaleza humana. Apenas citado por algunos teóricos, nos dice, se ha asociado tradicionalmente al tacto, cuando la realidad es que el sentido genésico “invade los órganos de todos los demás sentidos”. El deseo de comida y de amor se unen así sensitivamente, y acercan al hombre a la naturaleza, a su condición animal, al hombre máquina de La Mettrie, al mismo tiempo que lo convierten, por su carga sensual, en el rey de la creación. Este sexto sentido, sin embargo, supera el instinto de conservación, por su complejidad sensitiva, y lleva a un apetito de placeres corporales, a un deseo de placer más que a un deseo de colmar una necesidad.

De ahí, el “desenfreno en las obras”, puesto que cultivar el sexto sentido supone lo opuesto a satisfacer una necesidad, acto frenado naturalmente por la saciedad. El libertino, al contrario, en su búsqueda del placer, es insaciable. “El amor es un acto sin importancia, puesto que podemos hacerlo indefinidamente” dice Alfred Jarry al comienzo del “Supermacho” (Le Surmâle, roman moderne, París, 1990). El libertinaje consiste, pues, en ejercitar el sexto sentido, con todo el cuerpo, con todos sus órganos, con todos sus orificios, como diría Apollinaire.

Lydia Vázquez, Elogio de la seducción y el libertinaje, R&B

 
Banner
Banner