| ¿Libertad o Libertinaje? |
En suma, la inclinación a dar placer a nuestros sentidos es instintiva, natural, ha de ejercerse con filosofía, razonablemente, con el gusto propio de un hombre de “buen tono” y con ingenio, con galantería. Somos seres sensibles, sensuales. “Si en el hombre germinan ideas, deseos, costumbres y talentos de todo tipo es porque el hombre es sensible al placer y al dolor”, dirá Condillac (Traité des sensations, París, 1754), como ya lo dijo en su día Epicuro. Si el hombre se diferencia del animal no es por su intelecto, derivado de un desarrollo de sus sentidos, sino por poseer seis sentidos en lugar de cinco. Julio César Escalígero (1484-1558), médico y humanista italiano, llegó a la conclusión, en su reflexión en torno a la venerea voluptas, que esa forma de placer encontraba su catalizador en un misterioso sexto sentido, amalgama indefinible, fusión entre el tacto y el gusto. El gran naturalista francés Buffon retomará la idea, pero no por casualidad la desarrollará Brillat-Savarin, el apóstol del sentido del gusto, y pasado ya el “siglo del placer”. Brillat se sorprende de que ese sexto sentido, el genésico, haya pasado tan desapercibido a los estudiosos de la naturaleza humana. Apenas citado por algunos teóricos, nos dice, se ha asociado tradicionalmente al tacto, cuando la realidad es que el sentido genésico “invade los órganos de todos los demás sentidos”. El deseo de comida y de amor se unen así sensitivamente, y acercan al hombre a la naturaleza, a su condición animal, al hombre máquina de La Mettrie, al mismo tiempo que lo convierten, por su carga sensual, en el rey de la creación. Este sexto sentido, sin embargo, supera el instinto de conservación, por su complejidad sensitiva, y lleva a un apetito de placeres corporales, a un deseo de placer más que a un deseo de colmar una necesidad. De ahí, el “desenfreno en las obras”, puesto que cultivar el sexto sentido supone lo opuesto a satisfacer una necesidad, acto frenado naturalmente por la saciedad. El libertino, al contrario, en su búsqueda del placer, es insaciable. “El amor es un acto sin importancia, puesto que podemos hacerlo indefinidamente” dice Alfred Jarry al comienzo del “Supermacho” (Le Surmâle, roman moderne, París, 1990). El libertinaje consiste, pues, en ejercitar el sexto sentido, con todo el cuerpo, con todos sus órganos, con todos sus orificios, como diría Apollinaire. Lydia Vázquez, Elogio de la seducción y el libertinaje, R&B |